lunes, 18 de mayo de 2015

Licuados hogareños

por Fabio Zesati Villarreal

Los señores del puesto de jugos en la calle Serapio Rendón, esquina con Édison de la colonia San Rafael, brindan gentileza al igual que unos ricos jugos de frutas.

Su negocio no se ha movido mucho: sólo un par de edificios. Su locación anterior fue al frente de un estacionamiento. Debido a que construyeron departamentos allí, el carrito cambió de posición hacia la calle donde trabajan actualmente.

Este establecimiento parece típico, pero contiene mucha calidad.
El local vende bebidas con tres escuelas cercanas, todas de distinto grado escolar. La desventaja, dice la vendedora, es que las vacaciones afectan las ventas: “no hay oficinas, no hay clientes, no hay estudiantes, no hay nada”.
Sin embargo, han estado en el negocio por más de 16 años y según ellos, “gracias a dios estamos bien. Algunas generaciones de estudiantes se van, otras vienen. Así vamos renovando nuestra clientela”.
Se pueden conseguir estos ricos jugos bien colados desde $13.50, de lunes a viernes de las 7 A.M. a las 4 .P.M.

Descanso lucrativo

por Fabio Zesati Villarreal

La serie de Rápido y Furioso no puede contar más que puras carreras. Son películas de acción; cualquiera que espere algo más profundo está en el lugar incorrecto. Se puede pensar y dudar en ellas, pero ahora se convertirá en un thriller. Por lo tanto, no hay mucho que decir más que se disfrutan llanamente; no causan daño como los puristas del cine creen.
Si se supone que estas películas se disfrutan sin tanto drama, ¿cómo es que ahora la última de la serie se toma demasiado en serio, todo por la muerte de uno de los actores? Ves el tráiler, el póster, la cancioncita que se hicieron. Todo es una misa virtual en la que los productores y la compañía ganarán millones de dólares. No hay duda de que los actores sienten una grave pena por la pérdida de un amigo. ¿Cómo saber si sucede lo mismo con los productores sienten si no cabe la posibilidad de que uno de ellos evita aclamar “How are we gonna fix this shit up?” De verdad no parece sentirse un aire de compasión, sino de venta por la muerte de otro, de una explotación por la pena de un famoso.
No es nuevo que la industria venda para “honrar” la muerte de las celebridades.  Paga $50 por la colección de álbumes en vez de unas velas para el difunto. Compra el DVD del actor del cine de oro que no podemos quitarnos de la cabeza. Le pasa a cantantes, actores, músicos y hasta escritores. Parece que nadie se salva del lucro difunto.

Aquiles nos muestra que es difícil dejar descansar a los muertos queridos. No creo que venda sus pertenencias como si el espíritu obtuviera ganancias. Ni qué decir de la familia que conserva los derechos: lloramos un poco a cambio de la riqueza. Se sufre para luego disfrutar de la vida, como si en verdad las lágrimas llenaran un jacuzzi.

El pasar del tiempo

por Fabio Zesati Villarreal

Entré a un hospital particular a las siete de la noche. Tuve un dolor en la espalda parecido al de una piedra renal. El camino en el taxi estuvo muy movido; me aferré a la puerta soportando cada bache y el rugido enfermo del motor. Mi madre me acompañó y le repitió mi papá la dirección del hospital por el teléfono. Yo sólo quise llegar pronto.
Quince minutos después de esperar las firmas relacionadas con el seguro, ingresé a urgencias. Nada cambió: las mismas paredes, los mismos mosaicos azules que combinan con los trajes de los enfermeros. Luego de que me revisaron unos cuantos doctores en el consultorio, me quité la ropa salvo la interior, me puse la bata y me acostaron en la camilla para mandarme a la misma sección de cuando me dio una piedra renal hace casi seis años.
Por toda mi estancia viví lo que llamo la semana de los internistas. Todos eran jóvenes: desde los médicos y doctores hasta las enfermeras y ayudantes. Le dieron a uno de ellos el trabajo de inyectarme la aguja intravenosa. Aún si le dijeron cómo, no le salió en mi mano izquierda. Me puse muy nervioso y eso dificultó la inyección siguiente que otra enfermera me puso. Dejé unas lágrimas platicándole a uno de los enfermeros cómo es que hace más de una década, mientras jugábamos en una consola, un primo se tropezó con un cable y tiró la televisión.
Me llevaron a una tomografía y después esperé mucho. Demasiado. Al parecer se toman dos horas para que pueda internarme a un cuarto. El analgésico, la mayor razón por la que vine, todavía no quitaba el dolor. Tenía que preferir entre el dolor punzante en la espalda y el ardor en la mano.
No hay mucho qué decir cuando me internaron, más que el cuarto era acogedor. Un sofá, sillón y baño rodeaban la cama. Era como estar en un hotel con un tubo en la mano.
En los siguientes tres días me hicieron pruebas para ver si era hepatitis u otro mal. Dos ultrasonidos en dos días. En ambos tardaron más en llevarme y traerme de vuelta que en la prueba en sí. Cada mañana no pude comer porque afectarían las pruebas, así que la comida y la cena me parecieron ricas, a pesar de que su selección era cuestionable.
Cada día vinieron tías y tíos para platicar con mi mamá. Por petición quise que mi primo viniera a visitarme porque le quedaban pocos días hasta que regresara a Guanajuato. Lo hizo: me reí mucho con él y me lastimé la garganta.
Los resultados marcaron que eran piedras en la vesícula. Me hicieron una endoscopía y luego me llevaron a cirugía el mismo día. A parecer la cirujana y el anestesista regañaban a los demás por la lentitud: tardaron quince minutos en empezar. Juro que me desperté en medio de la prueba: sentí el tubo en mi garganta. Me faltó la respiración y de repente desperté con un dolor horrible dentro de mi boca y con muchas ganas de ir al baño. Tuve que pedir el “pato” cada cinco minutos porque no podía parar; me disculpaba a cada momento.
La cirugía fue igual: chistes sarcásticos del anestesista. Cuando desperté tuve el mismo dolor y las mismas ganas de ir al baño, ahora con una mascarilla de oxígeno en mi boca y unos calcetines que me hicieron sudar un montón, en especial porque el cuarto no tuvo mucha ventilación. Me llevaron de vuelta para dormir a cada momento por la anestesia. Simplemente quise que todo terminara. Entre ver adormilado una película de Adam Sandler y sentir el beso de mi padre en la frente, no podía dejar de orinar en el “pato”.
Cuando me levantaron para bañarme al día siguiente, sentí el peso de la noche anterior clavada en todo mi torso por un instante. Después fue un progreso lento, pero constante de caminar y levantarme solo. Me encariñé mucho con una de las enfermeras porque parecía que le gustaba. Creo que le gustan los jóvenes.
No puedo decir mucho más porque todo fue una larga espera a que pase algo interesante salvo por una queja mayor. Hay una comunicación bastante cuestionable entre los departamentos o pisos porque es imposible que el primer alimento, luego de casi tres días de ayuno, fueran dos jugos de manzana ácidos, y un día después un sándwich de jamón. Sentí un apretón en mi estómago apenas tomé un pequeño trago de agua; imaginen cómo sentí lo demás. Me fijé que la comida es horrible: un sándwich de pollo con la grasa todavía en ella; el arroz sin sabor que tiene maíz como prueba de autenticidad; los jugos que ya mejor los hubieran dado en su cajita Tetrapak. No me sorprende que casi al final de mi salida me sintiera decepcionado por los que deben tener enfermedades estomacales peores que los míos.

Lo último fue otra larga espera para salir. Entre firmar más papeles y un pago incorrecto de un electrocardiograma, al final tardaron todo el día para que saliera. Antes de que nos dieran de alta, firmamos un papel con una encuesta donde calificamos todo como alto. Después de dárnoslo tardaron 6 horas en dejarnos salir. Ahora ya veo por qué nos lo dieron antes de que me fuera.