| La artista trabajando en su taller de Portland, Oregon. |
Por
Ángeles Rodríguez
Después de varios intentos por enlazar la
llamada, por fin, en la pantalla de mi computadora aparece el rostro de la
artista Katy McFadden. Esta escultora y artista del grabado, originaria de
Nueva Jersey, pero residente de Portland, Estados Unidos, se encuentra por
concluir una visita a San Miguel de Allende con su amigo de más de 30 años, el
excéntrico y pionero artista del vidrio estadounidense, Paul Marioni. McFadden,
tan reconocida en la región del Pacífico Noroeste de los Estados Unidos, tiene
una apariencia frágil y tranquila, que contrasta con las esculturas de cerámica
a escala humana que conforman su obra. Desde la sala de la casa de Paul, Katy
responde afirmativamente en inglés, con una voz dulce y la sonrisa que nunca
pierde, a la pregunta de si podemos comenzar la entrevista.
P:
¿Katy, por qué no empiezas por contarnos un poco más sobre ti?, ¿qué te inspiró
a convertirte en una artista?
R: Bueno, creo que en realidad casi ni fue
una elección. Me atraían las artes cuando estaba en la universidad. Era
estudiante de Filosofía y solía pasar por el departamento de cerámica y
mientras miraba a quienes estaban ahí pensaba: “Soy estudiante de Filosofía, no
puedo hacer lo que ellos hacen. Al
terminar voy a estudiar una maestría”. Sin embargo, resultó que necesitaba
créditos del departamento de arte para graduarme de la universidad, así que
empecé a tomar clases y a quedarme en ese departamento desde el momento que
abría en la mañana, hasta que lo cerraban en la noche. Por dos años, tomé todas
las clases de cerámica que pude y a partir de ahí me di cuenta de que había
encontrado una pasión, la cual he perseguido toda mi vida adulta. Me siento
bastante afortunada de que la oportunidad estuvo ahí para que yo la tomara.
P:
¿Fue fácil para ti abrirte paso como artista, siendo una mujer joven?
R: Podría decir que en cierta forma sí lo
fue. Y no necesariamente por mi propio
esfuerzo. Fue gracias a la gente cercana a mí que me apoyó. Mucha gente me
animó a seguir esta carrera, principalmente mis profesores. Mi ex-esposo amaba
la idea de que yo fuera artista y su familia, todavía más. Ellos me ayudaron a
instalar mi estudio y, para las primeras esculturas que realicé, mi suegra
invitó a casi todos nuestros vecinos. La mayoría eran de Estonia, así que todas
mis primeras piezas se vendieron el mismo día y todas ellas están en manos de
estonios. Después de ese buen inicio, viajé por todo el país y trabajé con
gente cuyo trabajo admiraba mucho, así que siempre he recibido mucho apoyo y
aliento.
P:
Un tema recurrente en tus esculturas parecen ser los 4 elementos naturales que
señala el budismo (agua, tierra, fuego y aire). ¿Podrías hablar más al
respecto?
R: Bueno, si miras al proceso básico de la
cerámica, éste tiene que ver con la transformación de la arcilla, que viene de
la tierra, que después pasa por un proceso donde el juego la ayuda a
transformarla. También se necesita el aire para encender el fuego, o sea, es un
proceso que tiene todo que ver con la naturaleza. Yo lo pienso como si el
proceso geológico fuera escupido. Se lleva a cabo una transformación y en esa
transformación hay un respecto saludable hacia estos poderes que son mayores
que nosotros mismos. A veces el proceso funciona, a veces no.
P:
Y además de la naturaleza, ¿qué otras cosas proveen inspiración a tu trabajo?
R: Yo soy una persona política y eso ha
influenciado mucho mi trabajo. Hubo un gran cambio en mi trabajo, creo, en los
noventas, cuando me enteré de todo lo que China estaba haciendo en Tíbet. Tuve
la oportunidad de viajar al Tíbet y a los poblados tanto en Tíbet como en India
donde vivían muchos niños tibetanos. Pude ayudar a que alrededor de 50 personas
pudieran llegar a Portland, lo cual me brindó experiencia de primera mano sobre
cómo funciona la opresión política en otras partes del mundo. Desde entonces me
di cuenta lo importante que puede ser el arte y la fuerte que puede ser su voz
cuando se habla acerca de situaciones políticas. Esto es una fuente de
inspiración, que yo creo que es una voz necesaria de usar. Es una posibilidad,
un vehículo para el cambio, para mejorar. Yo no soy de las que se sube a un
podio y puede lograr que mil personas la sigan y participen, pero trato de
contribuir de formas más sutiles, de generar un cambio positivo y voltear la
atención a situaciones que existen alrededor del mundo.
P:
Has realizado colaboraciones internacionales con artistas de diversos países.
¿Cómo ha contribuido esto a tu trabajo y a la forma en como tu arte se ha
desarrollado?
R: Ha sido una contribución enorme que llegó,
como muchas cosas en mi vida, casi por casualidad. No fue nada que yo haya
salido a buscar. Un día conocí a Alejandro Santiago Ramírez, un artista de
Oaxaca, y gracias a él conocí ese estado. Fui a trabajar allí varias temporadas
y conocí a otros artistas como Ivonne Kennedy, quien recién había formado un
grupo de mujeres artistas en Oaxaca. Como resultado de esa afiliación he
seguido yendo a Oaxaca a trabajar con estas mujeres desde hace 10 años, a
realizar talleres y montar exhibiciones que luego se han llevado a Alemania,
Cuba, los Estados Unidos y, por supuesto, México. Ha sido una experiencia
maravillosa poder compartir mi vida con personas de otras partes del mundo,
compartir los alimentos, la cocina,
discutir conceptos y procesos de pensamiento, lo cual creo que es muy importante para la gente que se
encuentra en el proceso creativo debido a la situación del mundo actual.
P:
Katy, si no hubieras sido artista, ¿cuál otra profesión hubieras elegido?
R: [Suelta una carcajada] Paul está aquí en la sala
y me está mirando para escuchar qué respondo. Creo que probablemente sería una troublemaker[1]. Creo que nunca podría haber hecho otra cosa, así
que… ¿quién sabe? El arte me apacigua, me mantiene calmada...
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